La cocina de la abuela: un tesoro que hay que atesorar

Al crecer, no apreciaba del todo el privilegio que era tener una abuela que cocinaba. De niño, pasé innumerables tardes en su cocina, viéndola amasar, saltear ingredientes y probar salsas con la gracia natural de alguien que había pasado toda su vida cocinando.

Cada plato tenía su historia: los ñoquis caseros los domingos por la mañana, la salsa que se cocinaba a fuego lento y llenaba la casa con su rico aroma, el reconfortante olor del ragú que burbujeaba durante horas. Había magia en esos momentos, un tipo de conocimiento que no estaba escrito en recetas, sino que se transmitía a través de manos expertas y consejos susurrados.

Ahora, como adulta, siento nostalgia por aquellos días e intento recrearlos en mi propia cocina. No se trata solo del sabor, sino también de los recuerdos, de la profunda conexión que la comida crea entre generaciones. Cada vez que extiendo pasta fresca o remuevo una olla de salsa, casi puedo oír la voz de mi abuela, corrigiéndome con delicadeza y guiándome con una sonrisa cómplice.

La cocina tradicional es más que un arte; es un puente entre el pasado y el futuro. Y cada vez que preparo un plato con amor, sé que estoy manteniendo viva una parte de mi historia.

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