Un bocado antes de la dulzura: pudín de coco caramelizado, manzanilla y la esencia del recuerdo.
Hay un momento, breve y a menudo pasado por alto, entre la última nota salada y la primera dulce.
Es un espacio tranquilo en el que el paladar no pide más, sino claridad. Un respiro.
Ahí es donde reside este «pre-postre». No es simplemente un limpiador, sino un preludio. Un solo bocado diseñado para abrir, no para terminar.
Este plato es un viaje por los lugares que he visitado, los sabores que he llevado conmigo y las tradiciones a las que vuelvo.
En su base: un merengue italiano, batido en caliente hasta que queda brillante y denso, con un toque de ralladura de limón de casa, de esos que se recogen temprano por la mañana, cuando la piel está tensa y fragante.
Aporta una suave acidez, brillante y nostálgica, como las tardes de la infancia y los dedos espolvoreados de azúcar.
A continuación, un pudín cocinado lentamente en leche de coco. Tiembla delicadamente, suave en la lengua.
Pero en el centro hay algo más profundo: una reducción de leche de coco, cocida hasta el punto de caramelizarse.
Ofrece calidez, toques tostados y un susurro de umami. Tropical, reconfortante, reconfortante.
Luego viene el fuerte contraste: una gelatina de limón. Limpia, ácida, atrevida.
Corta con precisión la riqueza del coco, reinicia el paladar y pone en foco todo el bocado.
Por encima se espolvorean copos de coco, traídos de Tailandia, crujientes, blancos como la nieve y puros.
Se rompen entre los dientes, evocando el crujir de las tardes calurosas y las sombras de las palmeras.
Todo ello entretejido con el suave toque de la manzanilla recogida a mano y secada al sol, un susurro floral que perdura suavemente en los bordes.
Es un plato tranquilo, pero lleno de voces.
Habla de dónde vengo, adónde he ido y qué he traído conmigo.
Un bocado. Un momento. Un puente.
Antes del postre, un recuerdo.

